Salir adelante

En la esquina de Manrique 69 hay un lavadero de motos, cuando paso por ahí, los señores que trabajan me saludan mientras siguen restregando los trapos o echándole jabón a las llantas. Yo paso mucho por ahí, me queda de camino cuando estoy yendo al colegio.

Mi mamá dice que ellos vinieron de Venezuela y que cuando llegaron no tenían casi nada. Empezaron con una manguera y un balde, y ahora tienen un letrero pintado a mano y una tienda pequeña al lado donde venden gaseosas y mecato. Me gusta verlos porque siempre están ocupados, pero también se ríen mucho.

Los vecinos de por aquí ya me conocen, me ven pasar a diario. Está la tienda de la esquina donde a veces compramos cosas, la panadería, por aquí cerca también están unos billares en los que mi mamita dice ya no ponen la misma música que antes. Yo camino esas calles todos los días, por eso es que me conocen.

Más arriba, por la carretera donde vive mi mamita, hay un comedor. Allí la gente se toma de las manos antes de almorzar y alguien lee la Biblia. A la hora del almuerzo, si uno pasa por ahí, siempre huele a comida. A veces se escucha una radio en la que suenan las noticias; no se oye claro porque la voz del presentador se mezcla con las risas y el ruido de los platos.

Yo pienso que el lavadero y el comedor se parecen. En los dos hay personas que no son de acá, pero que llegaron y encontraron algo que les da fuerza. Cuando los veo, me dan ganas de creer que siempre se puede salir adelante, aunque las cosas sean difíciles. Tal vez por eso me gusta tanto mi barrio: por que aquí la gente trabaja, ríe, juega, comparte lo que tiene.

Yo salgo a jugar con mis amigas y nunca pasa nada malo. A veces nos sentamos en los andenes y siempre hay alguien saludando, alguien vendiendo algo o alguien barriendo la acera. Mi mamita me dice que eso es lo bonito de Manrique, que aunque el tiempo cambie, la gente sigue queriendo el barrio.

Me han dicho que antes todo esto era distinto, que, hace algunos años, casi no se podía salir y caminar; que las calles se vaciaban rápido y se escuchaban cosas que daban miedo. Pero ahora, el barrio cambió. Los vecinos se conocen entre sí y se puede caminar tranquilamente.

Yo no sé mucho de cómo eran las cosas antes, pero me gusta cómo están ahora. Me gusta poder salir a jugar, ver a la gente trabajando, escuchar las risas y los saludos desde las ventanas. A veces pienso que en este barrio todos, de alguna forma, estamos saliendo adelante juntos.

Tres guerras, un barrio

A mí me han tocado tres guerras duras aquí. No lo digo con orgullo ni con pesar, sino con esa calma de quien ha aprendido a sobrevivir a todo. Antes, cuando se escuchaba el primer tiro, ya sabíamos qué hacer: cerrar la puerta, apagar las luces y correr al sótano. A veces, ni alcanzábamos. “Van a tirar una bomba”, gritaban desde la esquina, y el corazón se le subía a uno hasta la garganta. Uno aprendía a moverse con el miedo como si fuera parte del cuerpo.

Recuerdo la primera guerra, la de los milicianos. Yo tenía más o menos cuarenta años, ya con hijos grandes, con la casa levantada a punta de trabajo y paciencia. Antes de eso, el barrio era tranquilo, una belleza. En esta
misma cuadra no se oía ni una bala, ni una pelea, nada. Los niños jugaban en la calle, las señoras se sentaban en la acera a pelar arvejas o a hablar de la novela, y uno podía ir a la tienda sin pensar en nada. Después llegaron ellos, los del morro, y empezó la guerra.

Aquel primer conflicto fue como una sombra que cayó de repente. Decían que habían matado al difunto Mango en la esquina, y desde entonces no hubo semana sin susto. Uno no sabía de dónde venían los disparos, solo escuchaba el eco que rebotaba entre las casas. En esos días la vida se volvió pequeña: ya no se podía salir de la cuadra, ni ir por los lados de los mortiños, ni comprar nada en la tienda porque, en mitad del camino, comenzaba la balacera y tocaba devolverse a la carrera. A veces, el miedo no era tanto por uno, sino por los hijos, por los nietos, por los que apenas estaban empezando a conocer el barrio.

La segunda guerra llegó unos cinco o seis años después. No fue tan larga como la primera, pero fue más traicionera. Ya uno estaba acostumbrado a vivir con el oído alerta. La gente del barrio se volvía una sola familia en esos tiempos: si alguien no aparecía, todos preguntaban; si alguien tenía miedo, enseguida había una casa donde refugiarse. Era duro, pero también se aprendía a querer más lo que se tiene, a valorar el simple hecho de ver el día siguiente.

Pero la tercera… la tercera fue la más fuerte. Empezó un Jueves Santo y terminó otro Jueves Santo, tres años después. Eso no se me olvida. Fue entre el 2009 y el 2012, cuando parecía que el barrio se partía en dos. No se podía ir a ningún lado, ni siquiera a la tienda. El sonido de las balas se confundía con el de los cohetes de Semana Santa, y a veces uno no sabía si rezar o esconderse. Había noches en que los perros no ladraban, como si también tuvieran miedo.

Esa guerra sí dolió. Dicen que las cosas duelen más cuando uno ya ha vivido demasiado, y es verdad. Ya no era solo el susto, era ver cómo se perdía la tranquilidad, cómo los muchachos crecían sin poder jugar afuera, cómo el barrio que uno conocía se iba llenando de silencios. Mi mamá también vivió eso, y mi abuela antes. En esta familia, cada generación ha tenido su guerra, como si fuera una herencia que no pedimos.

Sin embargo, no todo fue oscuridad. Hubo momentos en que la vida se empeñaba en seguir. En medio de todo, las mujeres del barrio sacaban tiempo para vender empanadas o tintos, para hablar un ratico en la puerta aunque estuviera cayendo el mundo.

Cuando la guerra terminó, el barrio respiró distinto. Poco a poco volvió el ruido, el canto de los vendedores ambulantes, el olor del almuerzo saliendo de las cocinas. Volvieron las risas a las aceras. Hoy por hoy, Manrique está muy bien. Ya no se oyen tiros ni robos, y la gente anda más tranquila. Se siente el cambio, se siente la paz. A veces camino por las mismas calles donde alguna vez me escondí, y me parece mentira que sean las mismas.

Dios quiera que siga así, que todos tengamos tranquilidad. Porque uno aprende que la paz es poder salir a la puerta sin miedo, poder decirle a los nietos: “vayan al parque” y no tener que mirar el reloj con angustia.

Manrique es bonito

Me llamo Lisseth Betancur y tengo siete años. Vivo con mi mamá y mi hermanito Christopher aquí. Nosotros somos de Valdivia, que es un pueblo bonito, con montañas y un río grande. Allá vivía mi abuela, y en su casa siempre había café y pan. A veces la extraño mucho.

Cuando llegamos a Medellín, todo me parecía gigante. Había muchos carros, muchas motos, y las casas estaban una encima de otra. Yo le pregunté a mi mamá que si no se caían, y ella se rió.

Aquí llevo viviendo tres años. Me gusta mucho porque hay parques, canchas y tiendas donde venden empanadas muy ricas. Mi mamá dice que Manrique antes era peligroso, pero ahora está tranquilo. Yo solo he visto cosas bonitas.

Casi todos los días salgo a jugar a la cancha. Me gusta correr y ver jugar fútbol. También hay señores mayores que se animan a jugar y todos se ríen. Mi mamá dice que cuando uno se hace viejo es como ser niño.

También me gusta ver jugar parqués, todos hablan, se ríen. Mi mamá dice que es mejor que estar pegados al celular, porque los celulares hacen que la gente se olvide de vivir. Que la vida es mejor cuando uno sale a jugar o a correr un ratico.

Mi mamá tiene un spa en la casa. Ella trabaja ahí, arreglando el pelo o las uñas de las señoras. Yo a veces le ayudo. Tenemos dos cuartos: uno donde dormimos y otro que es el spa. En el cuarto tenemos televisor y mis muñecos. Christopher a veces se mete y desordena todo.

Un día estábamos en el parque y llegaron unas personas tomando fotos. Nos invitaron a hablar sobre el barrio. A mí me gustó mucho porque yo quería contar todo lo bonito que tiene Manrique. Escogimos dos fotos: una de la cancha y otra de un señor jugando. Después me regalaron un cuaderno y una manilla.

Yo les conté que quiero estudiar mucho, para tener mi propio trabajo como mi mamá. Quiero ser profesora de dibujo o algo con colores. Me gusta pintar las casas del barrio y los árboles. A veces dibujo a la gente jugando en la cancha o a los perritos que pasan por la calle.

Extraño a mi abuela; pero cuando subo al balcón, me parece bonito también. Aquí tengo amigos, escuela y juegos. Mi mamá dice que vivir aquí es una bendición, porque aprendimos a salir adelante. Yo no sé bien qué es eso. Cuando crezca, quiero seguir viviendo aquí.

Llegar y quedarse

Cuando llegué a Manrique desde Sincelejo, no sabía muy bien qué esperar. Allá, en mi tierra, la vida era tranquila; no se escuchaban disparos ni se hablaba de guerra. En cambio, aquí todo era distinto: calles con lomas empinadas, esquinas por las que decían que no se podía pasar y un ambiente que al principio me daba miedo. Llegamos buscando oportunidades, pensando en el futuro de mis hijos. En el pueblo no había muchas opciones para estudiar o trabajar, y yo quería que ellos tuvieran algo mejor.
Recuerdo los primeros años. Había lugares donde uno no podía pasar. En el lavadero, por ejemplo, decían que era una zona muy pesada. Una vez, lo que más me marcó fue cuando encontraron un bebé en la cañada, cerca de los talleres de carros. Fue algo que nunca olvidé, uno escuchaba muchas cosas, pero eso me tocó el alma. Lo bueno es que el barrio cambió. Cuando firma ron la paz, todo se transformó. Ya no se sentía ese miedo. La gente volvió a salir, a conversar, a llenar las calles. El lavadero se arregló, pintaron murales, y poco a poco la vida regresó.

Esa noche del final del conflicto la recuerdo clara: quitaron la luz, llegaron camiones y se llevaron a muchos muchachos; al día siguiente las calles se llenaron de gente celebrando que, por fin, había paz. Antes de eso, mi zona era como una bolita cerrada: no podía subir para Gaitán ni pasar el puente, y salir al centro era complicado. Con el tiempo todo cambió. Aquí nos que damos, llegamos y nos quedamos; no nos atrevemos a salir mucho, pero el arrio nos acogió. También hay cosas que pesan: tuve un embarazo difícil y hay un hijo que hoy no está conmigo, habría cumplido dieciséis años; esas cosas uno no las olvida.

Hoy, cuando paso por esas mismas calles, me alegra ver lo diferente que se ve todo. Ya no hay tanto silencio ni desconfianza. Ahora hay color, hay música, hay niños jugando. Mis hijos crecieron aquí. Hicieron el bachillerato, uno estudió en Las Nieves, y la otra es auxiliar de enfermería. Yo miro atrás y pienso que todo valió la pena. Que los días difíciles sirvieron para llegar a este momento. En este barrio me apoyaron más de lo que imaginé, incluso cuando estuve embarazada. Recibí ayuda, cariño y compañía, a veces más de la que tuve de mi propia familia. Por eso siempre defiendo a Manrique. Hay quienes todavía hablan mal, que dicen que aquí no se puede ni tomar una aguapanela. Pero no es así. Este barrio cambió. Ahora hay espacios culturales, oportunidades para los jóvenes, para las madres, para todos los que queremos seguir adelante. Yo siempre digo que Manrique tiene su historia, sí, pero también tiene su esperanza. Y yo soy parte de ella.

Las noreñas

Yo me llamo Carmen Noreña Flores y vivo en Manrique desde el año sesenta y siete. Esta casa donde estoy ahora era antes solo un solar. Me costó cuatro mil quinientos pesos, cuando todavía se usaban los centavitos. La fui levantando poquito a poquito, echando a la alcancía, con la ayuda del papá de los muchachos. Él traía la carne y la plata, y yo ahorraba, ahorraba, hasta que logré tener mi casita. Hoy dicen que eso es un edificio, que hasta aparece en los papeles como Las Noreñas, pero yo siempre he dicho que esta casa no es edificio, es el fruto de una vida de trabajo y paciencia.

Yo soy de Amagá. Allá me tocó vivir tiempos duros. Cuando mataron a Gaitán se alborotó todo. Era pura guerra, y yo vi tantas cosas feas… mujeres embarazadas a las que les sacaban los niños, muertos por todas partes. Una vez incluso soñé que habían colgado a mi papá, él era godo, azul, y al otro día me vine. Me vine solita pa’ Medellín, terminando el cuarenta y ocho. Después conocí a Enrique, que era latonero, famoso por todo Medellín. Lo conocí cuando pasó por Amagá, en un circo, y me mató el ojo. Desde ahí la vida me cambió. Con él tuve a mis muchachos, y aunque pasamos dificultades, fuimos felices. El recuerdo más bonito que tengo es haber estado con él, porque nunca hubo gritos ni malas palabras en mi casa. El recuerdo más triste que tengo fue cuando se me murió. No comía, no dormía, y al tiempo me dio un infarto. Dicen que fue el dolor. Pero aquí estoy todavía, con mi marcapasos, dándole gracias a Dios.

En Manrique me ha tocado de todo. Vi guerras, balaceras y tiempos duros, pero también he visto cómo el barrio se ha llenado de colores, de murales, de edificios altos donde antes solo había casitas como la mía. Me tocó cargar mercados como una loca, subir y bajar estas lomas con el alma cansada, pero siempre con ganas de seguir. Aquí crié a mis hijos, a mis nietos y hasta a la hija de mi hija. He visto pasar generaciones enteras por estas escaleras. Algunos ya se me fueron, pero todavía vienen los más jóvenes a visitarme, y eso me alegra.

Recuerdo que una vez mi nieta, Yasmín, se me quiso ir con las amiguitas pa’ arriba, cuando eso estaba muy peligroso. Yo la llamé, pero ella decía que ya iba, y cuando vi, estaban planeando irse más lejos. Menos mal se encontraron con otro nieto mío y las hizo devolver. A mí me daba miedo, porque una ya ha visto tanto. Pero bueno, así es la vida, los niños quieren conocer el mundo. Yo también fui así cuando me vine del pueblo: llena de miedo, pero con ganas de seguir.

Ahora paso mis días tranquila, viendo cómo el sol se mete entre las casas nuevas y los techos viejos. A veces sueño con los que ya no están. A veces los veo clarito, como si todavía me hablaran. Y pienso que esta casa, la mía, es también un poquito de ellos. Aquí se quedó la historia de mi vida, entre los ladrillos que levanté con mis manos, los recuerdos, los hijos, los nietos, y los boleros que todavía suenan por las noches en el barrio.

El barrio que nunca dejé

Yo me llamo Marta Cecilia Aguirre, aunque muchos todavía me dicen La Noreña, porque en este barrio los apodos se pegan y ahí se quedan. He vivido casi toda mi vida en Manrique Santa Inés. Nací por allá abajo, en Gaitán, cerquita de la Piloto, pero me crié entre estas calles empinadas donde uno conoce hasta el sonido de las puertas cuando se cierran. Antes esto era puro barro y rieles. Me acuerdo de los trenes que pasaban silbando, de los perros que se espantaban y de la gente que salía a verlos pasar, como si el tren fuera un espectáculo. Este barrio creció sobre esos rieles.

Cuando yo era niña, la calle era nuestro patio. Jugábamos a la lleva, al escondite, con las rodillas raspadas y la ropa llena de polvo. No existía eso de quedarse en la casa pegado a un aparato, no señor; uno aprendía a ser del barrio jugando con los demás. La música también era algo del día a día, con decir que aprendí a distinguir a Gardel antes de saber leer bien.

Con el tiempo, todo empezó a cambiar. Por donde antes había rieles, pusieron calles pavimentadas. Cambiaron los tubos del agua, sembraron árboles, levantaron casas nuevas. Yo he visto al
barrio transformarse muchas veces.

También me tocó la época dura, la de las balaceras. En esa época, vivíamos escondidos, pero no nos metíamos con nadie y nadie se metía con nosotros. Yo no sentía miedo, aunque ahora, cuando lo pienso, debí sentirlo. El barrio tenía su propia ley. En medio de todo, Manrique era un refugio, un lugar donde la vida seguía su curso a pesar de los disparos.

Nunca me fui. Vi crecer a mis hijos aquí, los dos hombres buenos, trabajadores. Santiago, el mayor, vive en Bogotá. Le ha tocado difícil porque tiene epilepsia, y no en todos los trabajos lo aceptan, pero es fuerte, no se rinde. Daniel se quedó cerca, y entre los dos me ayudan con mi nieto, que es la alegría más grande que tengo. Lo veo jugar en las mismas calles donde yo corría, y me parece que el tiempo se dobla, que todo vuelve a empezar.

El barrio tiene sus rarezas, claro. A veces parece un pueblo metido dentro de la ciudad. Uno puede salir a comprar una libra de arroz y demorarse una hora porque se encuentra a medio mundo por el camino. Y aunque muchos se han ido, los que quedamos seguimos cuidando este pedacito. Aquí todo el mundo se conoce. Si alguien se enferma, enseguida hay quien suba con una sopita o un remedio. Si alguien tiene tristeza, basta con salir a la acera para encontrar conversación.

Manrique me ha dado más abrazos que sustos. Nunca he tenido recuerdos tristes de aquí. Lo único que me duele es ver cómo desaparecen algunas cosas: las fachadas viejas, los negocios de toda la vida, las personas que se van sin despedirse. Pero así son las cosas: los días se llevan un pedazo y dejan otro. Yo sigo caminando por las mismas calles con la misma confianza de siempre. Y cuando alguien me dice “mamita”, siento que todavía pertenezco, que sigo siendo parte de este lugar que me vio crecer.

Desde el balcón

Por estos días no estoy haciendo nada. Estoy sin empleo y me la paso sentada aquí en el balcón viendo a la calle, a los vecinos y a quien por aquí pase. Mi rutina es ver los cables que se cruzan frente a la casa, los pájaros que se posan sobre ellos, los apuros de la gente que sube por estas lomas y las correrías de los niños que persiguen a alguna pelota que se les ha escapado en medios de los juegos.

No hay mucho que hacer y ahora aprovecho este tiempo para escribirte. Casi nunca lo hago. En realidad, creo que nunca te he escrito, pero, en estos días en los que tengo el tiempo, me pareció buena idea hacerlo. Yo a ustedes no los tuve por aquí, creo que ya son 14 años desde lo que llegamos al barrio. Primero vivíamos en Bello. Pero nos mudamos para acá y construimos la casa en el aire que le compré a mi hermana. A diferencia de donde vivíamos, en el barrio hay muchas lomas y la gente las camina como si nada; al principio a mí me costaba… ir a la tienda, llevarte a la escuela, salir a hacer vueltas. Ya con los años uno se va acostumbrando. El barrio ha cambiado mucho desde eso. Se ve más organizado, todo es iluminado y acogedor. Me gusta cómo se ven las calles en la noche, aunque no salgo mucho cuando es tarde. Las luces de los carros, la iglesia a los lejos, los negocios, es bonito ver al barrio así, como con más vida.

Desde la casa, en las mañanas y al medio día, me gusta fijarme en las mamás que pasan con sus hijos. Suben tarde, mañana, tarde, mañana, con aguaceros, con ese solazo, bajando escalas, subiendo escalas, llevan a sus niños a estudiar. Hace años yo hacía lo mismo contigo. Te llevaba primero al preescolar, luego a la primaria; sea con sol o cuando llegaba el invierno. A medida que pasaron los años te empecé a soltar. Te di más libertad.

Recuerdo que hasta quinto de primaria te llevaba de la mano, después de los 10 años ya te había soltado para que fueras solo. Quería que crecieras como persona, darte las alas, así tomaras, a veces, decisiones equivocadas. Luego llegaron los silencios, las salidas largas, las miradas esquivas. No te culpo, hijo; cada quien aprende a defender se del mundo a su manera.

Tu papá ya había muerto para esas épocas y tú habías dejado el estudio, aunque al final lograste terminar el bachillerato. Pero en este barrio, aprendiste más de la calle. Sabes a lo que me refiero, hijo. Así has conocido la vida, la gente y las experiencias. Ahora sé que no estás en las mejores condiciones, sobrevives como puedes, haces vueltas, lavas motos, te dan cualquier cosa y a veces no haces nada. Así es como vives. Y yo he estado ahí, siempre apoyándote y deseándote lo mejor, Joan, hijo.

No sé si esta carta te llegue, ni cuándo la leerás, pero igual la escribo para sentirte cerca. A veces pienso que uno escribe para no olvidar, porque uno siempre tiene algo que decirle al otro. Yo te pienso todos los días, hijo, aunque no lo diga. Desde este balcón, te mando mi cariño y mi fe, que es toda tuya.

Para cuando quieran volver

Les escribo desde esta misma casa donde he vivido casi toda mi vida. Llegué aquí cuando tenía un añito, y ya van sesenta y nueve años desde entonces. He visto crecer este barrio, cómo se fue llenando de casas y de vecinos. Antes todo esto era puro monte, las calles eran de piedra y barro, y uno se ensuciaba los zapatos apenas salía. Ahora se ve más bonito, más alumbrado, pero yo sigo sintiendo que es el mismo Manrique de siempre, con su ruido y su gente.

Hace poco vi unas fotos que me hicieron pensar mucho. Me gustó una donde salía un señor solo, sentado, porque me recordó cómo cambia la vida. Uno cría los hijos, los ve crecer, tener su familia y, cuando menos piensa, la casa se va quedando vacía. Así me ha pasado a mí. Ya mis cuatro hijos se casaron, se fueron con sus familias, y ahora vivo aquí con mi hermano. A veces me da nostalgia, pero también entiendo que así es la vida, que cada quien hace su camino. Igual los tengo a ustedes, mis doce nietos, y eso me llena de alegría. Cuando los veo venir, aunque sea de vez en cuando, siento que la casa vuelve a tener vida.

También me gustó la foto de doña Luz, porque esa señora ha vivido toda la vida por aquí. Todos la conocemos y es una buena vecina, de esas que uno saluda desde la ventana. Verla ahí me dio gusto, porque uno se reconoce en la gente del barrio, en quienes han pasado los años al lado de uno. Y otra foto que me gustó fue la del parqués, porque me recordó las tardes que paso con las vecinas. Cuando ya hacemos el destino, nos sentamos a jugar parqués o cartas. Nos reímos, echamos cuentos, nos entretenemos un rato.

A ustedes ya no les tocó ver eso, pero yo de chiquita me la pasaba más arriba, por donde ahora es el barrio Jardín, que en ese tiempo le decían La Planta. Allá había una cancha que se llamaba La Batea. Íbamos los niños a coger moras y mortiños, que ahora les dicen arándanos, y también mariposas que nos mandaban a buscar en la escuela. Todo era campo y uno se mantenía corriendo por ahí, feliz. En diciembre íbamos a cortar chamizos para hacer el árbol de Navidad, porque antes no se compraban los árboles como ahora. Los forrábamos en algodón y les colgábamos bolitas de colores. Era una Navidad sencilla, pero muy bonita.

La 45 también ha cambiado mucho. Yo vivo seis cuadras arriba y antes por ahí pasaban buses, había muchos bares y se oía tango por todas partes; la gente salía a caminar, a conversar. Era alegre. Ahora ya no es igual.

Claro que también hubo tiempos difíciles. En los años de tanta violencia, se sentía mucho miedo. A veces se escuchaban disparos por la noche y al otro día uno se enteraba de que habían matado a alguien que nada tenía que ver. Esos fueron días tristes, pero igual el barrio salió adelante, como siempre lo ha hecho.

Les escribo esta carta para que no se olviden de este lugar, de las calles donde creció su familia. Para que sepan que aquí tienen su casa, la de siempre, con la puerta abierta para cuando quieran venir.

Del campo a la ciudad

A veces pienso en todo lo que ha pasado desde aquellos días en Urabá, cuando mi mundo era la finca de la mamita, el zaguán de la casa y las tardes jugando a la lleva con mis primos. Todo era sencillo entonces. Me gustaba montar a caballo, pescar en el río y correr entre los árboles sin pensar en nada más. En las noches, mien
tras los grillos cantaban, tú me contabas historias y yo me dormía creyendo que la vida siempre iba a ser así: tranquila, alegre y rodeada de familia.

Pero los años pasaron y ahora la vida se ve distinta. Tengo 24 años, soy madre y estudio Derecho en la Universidad San Buenaventura. Trabajo en una oficina de abogados y, a veces, los días se me hacen tan largos que me cuesta recordar aquella calma de mi niñez. Sin embargo, hay algo que no cambia: tu presencia. Sigues siendo mi apoyo, mi fuerza y mi refugio, igual que antes, cuando me esperabas con jugo de mango después de jugar en la calle.

Cuando llegamos del pueblo, todo me parecía inmenso y distinto. En Chigorodó muchas de las calles eran de tierra y todo quedaba cerquita; aquí, en cambio, todo se mueve rápido y el ruido no descansa. Al principio extrañaba la finca de la mamita, los días de sol
corriendo descalza y las noches en que el canto de los grillos acompañaba tus historias. Me costó entender que la ciudad también tenía su ritmo, uno distinto, pero que con el tiempo se aprende a querer.

A veces, cuando camino por Manrique, pienso que este barrio tiene algo de la amabilidad del pueblo. No hay potreros ni ríos, pero hay una vida entre todos estos ladrillos. Mi hijo corre detrás de un balón, se ensucia y vuelve a casa con la misma alegría con la que yo volvía a la finca. Y en esos momentos siento que, aunque los lugares cambien, hay cosas que permanecen, como la forma en que una se arraiga al sitio donde aprende a querer.

Cuando camino con mi hijo por estas calles, lo veo correr y jugar como yo lo hacía. Tiene su propio lugar para inventar juegos y reírse con los vecinos. Lo veo y me doy cuenta de que, de alguna forma, la vida sigue ese mismo ciclo: ahora soy yo la que lo cuida, la que le prepara la comida y la que le enseña a no rendirse.

A veces extraño los días del campo, sé que aquí también hay belleza. Aquí encontré otro modo de pertenecer, uno hecho de afectos y memorias nuevas, pero con las raíces bien puestas en todo lo que dejamos atrás.

Te escribo para agradecerte, mamá. Por todo. Por haberme enseñado a salir adelante, por no dejarme sola cuando la vida se volvió difícil, por mostrarme que una mujer puede ser fuerte sin dejar de ser amorosa. Si hoy puedo estudiar, trabajar y cuidar a mi hijo, es porque tú me diste el ejemplo. A veces me canso, pero entonces pienso en ti, en todo lo que hiciste, y encuentro fuerzas para seguir.

Ojalá algún día mi hijo hable de mí como yo hablo de ti: con orgullo y gratitud. Porque aunque la vida haya cambiado, hay cosas que no se pierden, como el amor a la familia.

Por la 45

La semana pasada que hablamos, me preguntaste si el bar que que daba en la esquina de la casa aún está abierto. Con esa pregunta caí en cuenta de que ya van casi 15 años desde la última vez que viniste, porque ese lugar no existe hace rato. Ahora ahí queda una veterinaria. Decías que en ese bar te tomaste tus primeras cervezas y conociste el tango, que era más bien una cantina y no tanto un bar. Pues te cuento, tía, que por acá ya no quedan muchos lugares así.

En la 45 ahora hay de todo. Hay bares de reguetón, tiendas grandes, peluquerías, panaderías y gimnasios. También pusieron el Metroplús, entonces todo el tiempo se ven los buses pasando. El tango sigue sonando, claro, pero uno ya no lo escucha tanto en la calle. El abuelo todavía pone esas canciones, ya uno se las sabe sin querer. Supongo que eso pasa en muchas casas del barrio, que el tango se vuelve parte del ambiente.

Mis amigas y yo seguimos con el parche de la danza urbana. Ensayamos dos veces por semana o cada vez que podemos. A veces no bailamos mucho, solo nos sentamos a hablar y a ver pasar la gente. Eso nos mantiene
cerca y hace que el barrio se sienta más vivo.

Otra cosa que ha cambiado es que ahora Manrique está lleno de color. Han pintado murales y los negocios cada vez ponen más luces. Todavía hay cosas duras, como en todas partes, pero también hay mucha alegría.

Tenés que venir. Puede que te encante ver cómo ha cambiado todo.